Além da Massagem.

El Watsu, en mi opinión, es una experiencia que va más allá de la simple definición de una técnica corporal. Aunque muchas veces se presenta como una modalidad terapéutica acuática o incluso se compara superficialmente con el masaje, la vivencia que ofrece parece habitar otra dimensión de la experiencia humana: una dimensión más silenciosa, más interna y más sensorial.

Veo el Watsu como una experiencia sensorial profunda, con matices que se acercan a aquello que muchas personas describen en prácticas meditativas y experiencias introspectivas. Hay algo en él que invita a la exploración interior y a la reflexión personal. El agua caliente sostiene el cuerpo, el contacto guía con suavidad y los movimientos rítmicos acunan. Poco a poco, el exceso de estímulos externos se disuelve y la atención comienza a dirigirse hacia el interior.

Es cierto que las investigaciones científicas sobre el Watsu aún son limitadas y de calidad variable. Sin embargo, algunos hallazgos señalan efectos objetivos bastante claros: aumento de la conciencia corporal inmediatamente después de la sesión, mejora del estado de ánimo, reducción del dolor en comparación con métodos no acuáticos y beneficios en afecciones como el dolor crónico y la fibromialgia. Estos datos son importantes y aportan respaldo. No obstante, lo que más me llama la atención —y que quizá sea más difícil de medir— es la calidad subjetiva de la experiencia.

Los relatos de quienes reciben Watsu suelen describir algo que supera el simple relajamiento muscular. Se habla de la sensación de ser sostenido por el agua, como si el cuerpo pudiera finalmente entregarse sin esfuerzo. Se habla de un estado en el que la mente “calla”, en el que el diálogo interno disminuye y la percepción se vuelve más sutil. Algunos describen la experiencia como una forma de meditación profunda, en la que los procesos cognitivos habituales parecen aquietarse, dejando espacio a la respiración, a la sensación corporal y a los estados afectivos internos que normalmente quedan ocultos por el ruido cotidiano.

El agua, en este contexto, actúa como un elemento integrador. Reduce los estímulos visuales y sonoros, contiene, envuelve. Hay quienes relatan una sensación de unidad entre el cuerpo y el entorno, algo que muchas tradiciones espirituales asocian con estados de presencia y conexión. No se trata necesariamente de algo místico en sentido religioso, sino de una percepción ampliada del propio estar en el mundo.

Quizás sea precisamente por esta intensidad que muchas personas no buscan el Watsu semanalmente, como harían con un masaje tradicional. El impacto puede ser fuerte y profundo; a veces la persona siente que “procesó mucho” en una sola sesión. Pueden emerger emociones. La entrega corporal y emocional que se requiere es mayor. No es solo relajación física, sino una experiencia que puede generar efectos emocionales e introspectivos duraderos.

Por ello, considero que el Watsu trasciende la categoría de masaje relajante. La combinación de agua caliente, contacto terapéutico, ausencia de estímulos visuales y la propia fisiología de la flotación crea un entorno casi meditativo. Un estado de conciencia que muchos describen como profundo, sensorial e introspectivo.

Algunas personas hablan de un “silencio interior”, una especie de meditación pasiva extremadamente profunda.

En términos de profundidad subjetiva y potencial introspectivo, algunas personas describen el Watsu como una experiencia tan significativa como ciertas prácticas espirituales intensas, aunque los caminos que conducen a ello sean distintos. Tal vez lo más importante no sea la comparación en sí, sino reconocer que el cuerpo, cuando es sostenido con cuidado y envuelto por el agua, puede convertirse en una puerta legítima hacia estados de conciencia más silenciosos, integrados y profundamente humanos.

Marcelo Roque

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