Watsu: una práctica terapéutica acuática más allá de la rehabilitación física
El Watsu es frecuentemente descrito como una técnica orientada a la rehabilitación física, razón por la cual suele incluirse entre los principales enfoques de la fisioterapia acuática. Sin embargo, esta asociación directa constituye un error conceptual. Aunque el Watsu puede producir efectos físicos secundarios, su naturaleza, objetivos y mecanismos de acción no se alinean de manera estricta con los principios clásicos de la rehabilitación fisioterapéutica. La experiencia del Watsu es esencialmente sensorial e integrativa. Incluso, es importante señalar que, cuando se utiliza de forma inadecuada o en momentos clínicos inapropiados, el Watsu puede interferir negativamente en los procesos de rehabilitación física.
El Watsu no se configura como una técnica de tratamiento físico dirigido, sino como una práctica terapéutica integrativa, centrada en la experiencia sensorial, emocional y psicocorporal del individuo. Sus efectos se manifiestan en la liberación de articulaciones bloqueadas, en la reducción de tensiones musculares profundas y en la reorganización de la biotensegridad corporal. La biotensegridad corporal es un modelo científico que describe el cuerpo humano como un sistema integrado de tensiones continuas y compresiones discontinuas, en el cual la estabilidad, la forma y la función no dependen de estructuras aisladas, sino del equilibrio dinámico de las fuerzas distribuidas en todo el organismo.
Esta desarmonía puede tener su origen tanto en factores físicos externos, como lesiones y sobrecargas mecánicas, como en factores internos, tales como traumas emocionales, estrés crónico y patrones emocionales persistentes, que se expresan a través del cuerpo.
El Watsu es una práctica realizada por profesionales con una formación extensa, generalmente superior a 500 horas de entrenamiento teórico y práctico. Durante la sesión, el individuo es conducido de forma completamente pasiva, sostenido en flotación en agua caliente, dentro de un rango térmico específico. El calor del agua promueve una relajación profunda y el ablandamiento de los tejidos blandos —fascias, músculos, tendones, ligamentos y cápsulas articulares— creando condiciones ideales para movimientos amplios, movilizaciones suaves y estiramientos globales.
Desde el punto de vista teórico, el Watsu se fundamenta en los principios de la medicina oriental tradicional, especialmente en la teoría de los meridianos energéticos. Según esta perspectiva, las emociones y los estados psíquicos están asociados a líneas específicas de energía que recorren el cuerpo. Durante la práctica, estos meridianos son movilizados mediante estiramientos, rotaciones, presiones suaves y cambios rítmicos de sostén, favoreciendo la liberación de contenidos emocionales retenidos. El agua caliente actúa como un medio facilitador de este proceso, ampliando la percepción corporal y promoviendo un estado de disolución de tensiones físicas y emocionales.
La respiración constituye otro elemento central del Watsu. A través de toques sutiles, apoyos específicos y distintas formas de conducción, el terapeuta estimula una respiración más amplia, profunda e integrada. El trabajo involucra la movilización de las articulaciones costales, la estimulación del diafragma y la relación funcional con el centro torácico. La presión hidrostática del agua permite que el cuerpo sea suavemente sumergido y elevado en sincronía con el ritmo respiratorio, creando un diálogo continuo entre movimiento, respiración y presencia.
El ser humano no puede ser comprendido únicamente desde su dimensión corporal. Se organiza en múltiples capas o dimensiones —física, psíquica, mental y espiritual— que coexisten e interactúan entre sí. Cuando se produce el proceso de enfermedad, el cuerpo físico suele manifestar signos visibles, como dolor, lesión o disfunción. No obstante, el origen del desequilibrio puede residir en dimensiones no visibles, que no se expresan de manera inmediata o clara. El Watsu actúa prioritariamente en estas capas sutiles, en las cuales las emociones señalan que algo se encuentra en desarmonía, incluso cuando no es posible identificar con precisión dónde “duele” o cuál sería la intervención adecuada.
El Watsu involucra el tacto, la percepción espacial, la luz, el silencio, la presencia y sutiles vibraciones energéticas. En este contexto, el individuo es conducido a un estado optimizado de autorregulación, semejante, en ciertos aspectos, al ambiente acuático primordial en el que el cuerpo humano se desarrolló. No se trata de un retorno simbólico para la formación, sino de un retorno funcional para la regeneración, en el cual los traumas emocionales pueden ser suavizados, los patrones defensivos disueltos y los estados de conciencia ampliados, aunque sea por un período limitado de tiempo.
Durante la sesión, el organismo produce una liberación significativa de sustancias que componen un verdadero cóctel neuroquímico asociado al bienestar, como endorfinas, dopamina, serotonina y, de manera especialmente relevante en el caso del Watsu, la oxitocina. Tras esta experiencia, resulta fundamental que el individuo sea acompañado adecuadamente —ya sea por el propio terapeuta o por profesionales que trabajen en las dimensiones psicológica, física, mental o incluso espiritual— dado que los efectos del Watsu trascienden el cuerpo físico y alcanzan capas más profundas de la experiencia humana.
Durante una sesión de Watsu, que puede durar desde algunos minutos hasta aproximadamente una hora y media, el individuo es conducido a un estado de plenitud e integración. Aunque los mecanismos exactos de este fenómeno aún no se comprenden completamente, se sabe que el ser humano está profundamente movilizado por el afecto. El afecto constituye un elemento esencial de la nutrición emocional y psicológica, asociado al sentimiento de pertenencia y a la necesidad de ser reconocido y acogido.
De alguna manera, el Watsu ofrece esta experiencia de acogida a través del contacto, el sostén y la presencia. Se trata, evidentemente, de un afecto mediado profesionalmente —no personal—, pero el cuerpo, la psique y el sistema nervioso no distinguen conscientemente esta diferencia. Lo que importa es la experiencia del abrazo, del contacto seguro y del cuidado momentáneo. Tal vez por esta razón, las sesiones de Watsu rara vez siguen el modelo de repetición continua observado en otras terapias manuales. Muchos individuos reciben solo una o algunas sesiones y no regresan, a pesar de reconocer la experiencia como profundamente positiva. Para algunos, la intensidad del contacto y del afecto puede resultar, paradójicamente, intimidante o excesiva.
Con el paso del tiempo, se observa que pocos clientes superan las diez sesiones. Una posible explicación es que la exposición prolongada a una dosis tan intensa de afecto y entrega exige un nivel de disponibilidad emocional que no todas las personas pueden sostener. Solo individuos que atraviesan situaciones de sufrimiento profundo suelen buscar esta experiencia de manera continuada.
Durante los procesos de formación profesional en Watsu, esta intensidad se hace aún más evidente. Los participantes permanecen inmersos en agua durante varios días consecutivos, totalizando más de 30 horas de práctica entre aplicar y recibir sesiones. Aplicar Watsu implica asumir una postura activa, de conducción y control consciente del proceso. Recibir, por el contrario, exige entrega, apertura y disposición para vaciarse de defensas, permitiendo la emergencia de lo nuevo. Esta asimetría de roles pone de manifiesto la profundidad de la experiencia para quien la recibe.
No todos los profesionales que trabajan con Watsu tienen plena conciencia de los efectos afectivos y emocionales que esta práctica produce. Aun así, resulta llamativo que, para algunos, el impacto sea tan transformador que trascienda el ámbito profesional, llevándolos a convertirse en discípulos comprometidos y multiplicadores de este trabajo a lo largo de toda su vida.
Marcelo Roque

